lunes, 25 de febrero de 2019

Una de las Míticas: Stamford Bridge


Los Últimos Vikingos



¿Les suena Stamford Bridge? Supongo que muchos reconocerán el nombre por el mítico estadio del Chelsea, pero hoy no hablaré de eso precisamente, más bien de su epónimo. Hoy toca volver muy atrás en el Tiempo. En concreto a 1066, uno de los años más cruciales en la Historia de Inglaterra.

Es un año que por lo general no es muy recordado en los anales de la Historia, pero en el que se produjo un caso curioso: dos largas eras morían mientras que al mismo Tiempo nacía otra. El episodio de hoy sucedió en la Inglaterra Anglosajona; nos remite a Septiembre del año 1066 y dejó para la Historia varios de los momentos más significativos y memorables en toda la Edad Media en el Norte de Europa.

En aquellos Tiempos como es natural Inglaterra no presentaba la misma unidad nacional ni era la misma entidad que es hoy en día, encuadrada en el Reino Unido. Era entonces un lugar bastante caótico en el que las múltiples diferencias entre regiones, las conspiraciones e intrigas y las invasiones de pueblos extranjeros estaban a la orden del día. A veces estas invasiones eran repelidas con éxito, pero en otras la suerte no estaba con los anglosajones. En la que nos atiende en este caso el éxito anglosajón fue rotundo, y quedó plasmado por siempre en una batalla en concreto: la Batalla de Stamford Bridge.

“La Batalla del Puente de Stamford”, por Peter Nicolai Arbo


A principios de 1066 el Rey Eduardo el Confesador murió y la cuestión sucesoria quedó en el aire. Se reconoció a Harold Godwinson como Rey, pero sus rivales y enemigos reaccionaron ante esto. Harold trató de calmar el ambiente haciendoles concesiones, pero esto no fue suficiente para algunos de ellos, que optaron por traicionarle. Aprovechando la coyuntura y sus opciones de hacerse con Inglaterra el Rey de Noruega Harald III -mejor conocido como Harald Haardrade- lanzó una nueva invasión contra Inglaterra.

El pueblo anglosajón ya estaba acostumbrado a las amenazas extranjeras. La cosa venía ya de hace siglos. Daneses y Noruegos lanzaban invasiones cada cierto Tiempo, por lo que esto no era algo nuevo ni mucho menos, ya saben que los vikingos tienen su fama de agresivos bien ganada. El hermano traidor -ese típico personaje entrañable de la Edad Media- también estuvo presente en este conflicto bajo la forma de Tostig Godwinson, que traicionó a su hermano para apoyar la invasión de Harald. De Harold a Harald solo hay una letra, nadie notará la diferencia, debió pensar Tostig.

La invasión comenzó con una importante victoria noruega en la Batalla de Fulford del 20 de Septiembre, comenzando así la invasión por la región de Yorkshire. Lo que los vikingos no sabían es que su alegría duraría poco. Concretamente cinco días. Cuenta la tradición que en este periodo de Tiempo Harold hizo cientos de kilómetros solamente para ir a ver a Tostig y Harald personalmente, se presentó ante ambos y sin mediar palabra de formalidad se dirigió a Tostig instándole a volver a su condado, a lo que Tostig replicó preguntando qué ofrecía él para que hiciese eso. Harold le respondió entonces con la legendaria frase Seis pies de suelo inglés; o, puesto que dicen que es un hombre alto, le daré justo siete pies. Tras soltar esa frase se marchó, y Haardrade le preguntó a Tostig quién era ese sujeto. Él le dijo que era el propio Harold.

Pasados los cinco días y llegado el 25 de Septiembre de 1066 se produjo la Batalla de Stamford Bridge. Su localización exacta no es clara, pero sí se puede aproximar. Stamford Bridge se encuentra próximo al Río Derwent, por lo que la batalla debió suceder en las cercanías del mismo. Según las crónicas, el Ejército Inglés se las ingenió para lanzar un ataque por sorpresa, forzando a los vikingos a comenzar la batalla a la defensiva y en clara desventaja. El avance inglés fue veloz y forzó a los vikingos supervivientes en la orilla oeste a huir hasta que llegó el cuello de botella del puente en sí mismo, en el que según se dice un solo hombre pudo vencer a 40 ingleses, ganando algo de Tiempo. Cierto eso último o no de poco le sirvió, pues finalmente fue eliminado y el ejército inglés prosiguió su avance. A pesar de que el Tiempo ganado en el puente, no hubo forma de frenar el ataque inglés y el descompuesto ejército vikingo fue virtualmente aniquilado.

Harald Haardrada fue muerto, al igual que lo fue Tostig. El resto del ejército fue desintegrado por completo. Este momento fue decisivo, histórico y determinante para el Norte de Europa. La Batalla de Stamford Bridge no solo puso fin a la invasión vikinga a Inglaterra; la Batalla de Stamford Bridge fue De Facto el Final de la Era Vikinga.

Sin embargo, el Destino y la Suerte son a veces caprichosos. Poco más de dos semanas más tarde los anglosajones se las verían con otra invasión; la de los Normandos bajo el mando de Guillermo el Conquistador. Esta vez defender la invasión sería mucho más complicado, en parte por el desgaste en parte por la superioridad numérica y táctica de los invasores según las estimaciones. Una sola batalla bastó para resolver el conflicto.

La Batalla de Hastings del 14 de Octubre de 1066 resultó con la victoria definitiva de los normandos sobre los anglosajones y la consumación de su conquista de Inglaterra, dando inicio al Periodo Normando de la Historia Medieval de Inglaterra. La superioridad táctica y técnica normanda era evidente. Desde un principio los normandos tuvieron más posibilidades y opciones de combate. Los anglosajones solo disponían de infantería, mientras que los normandos poseían un importante contingente de caballería. Aun con todo los anglosajones vendieron cara la victoria e infligieron una cantidad importante de bajas a los normandos.

Harold Rex Interfectus Est

A Harold se le critica a menudo por no haber aprovechado las opciones que tuvo de dar la vuelta a la situación en Hastings pero el último rey anglosajón no lo tuvo nada fácil para afrontar las dos invasiones en unas semanas, teniendo que asumir el desgaste de sus tropas y la presión constante a la que se encontraba sometido. Guillermo el Conquistador consiguió lo que Harald Hardraada no pudo, derrotando a Harold y poniendo fin a los anglosajones.

Si la Batalla de Stamford Bridge fue el Fin de la Era Vikinga; la Batalla de Hastings fue el punto y final del Periodo Anglosajón de la Historia de Inglaterra. En solo tres semanas dos modelos y sistemas de varios siglos de antigüedad desaparecieron por completo. El de 1066 fue un Otoño para recordar; sobre todo en Inglaterra. Hay veces en la vida que los cambios se suceden tan rápido que uno no se da cuenta de ellos.

viernes, 22 de febrero de 2019

El Apoliticismo como Postura

Justificación y Defensa


Salir de este armario no es fácil, pero no hay mejor momento para hacerlo que el presente. Además tengo algo abandonado esto y no me puedo permitir semejante vacío en mis publicaciones. Habiendo terminado ya los exámenes y volviendo a la rutina creo que es hora de volver a escribir, así que voy a ello. Prepárense para algo breve pero curioso.

El armario del que hablo es el del Apoliticismo. El ser apolítico es algo que políticamente está mal visto. Claro, es lógico. Algo que está fuera de la política es algo naturalmente mal visto desde dentro de la misma. Mucho más desde las posturas de izquierda, que suelen ser más combativas y necesitan constantemente de efectivos, que desde las de derechas, que no prestan demasiada atención a lo apolítico.

En esta entrada haré una defensa de esta postura ante las críticas más comunes que se le hacen y ante las consideraciones más inconsistentes que se lanzan al aire sobre esta postura. Lo que no habrá aquí son imágenes. Porque tampoco hay mucho que enseñar con documentos gráficos.

Lo primero que se debe hacer siempre para defender algo es justificarlo. Algunos pensarán que defender esta postura es complicado, pero yo diría que es más bien todo lo contrario. Verán, hace mucho Tiempo yo tenía algunas tendencias políticas, pero nunca llegue a sentir los colores con ningún tipo de corriente o movimiento. Mi carácter neutral y objetivo me ha impedido esto siempre a lo largo de todas las eras, por lo que no es algo que me sorprenda.

La cuestión principal es que en realidad -y esto es innegable- no existe ningún pensamiento político perfecto o ideal, y aquellos que se acercan a serlo son utópicos e irrealizables, por lo que no los considero como opciones reales. Ni los pensamientos tradicionales ni los modernos o postmodernos me dan las buenas sensaciones necesarias como para seguirlos. Unos ya no funcionan y otros simplemente jamás funcionarán.

El desencanto es en base a esto último el primer motivo que doy como justificación del Apoliticismo. El pensamiento político tradicional está atrapado en su propio Tiempo y no logra adaptarse al presente y el pensamiento moderno como bloque y conjunto es mucho más social que política, de facto apenas es político y está completamente dividido por según que corriente social sigue. Ya ni siquiera hago la división entre la izquierda y la derecha, pues en ambos lados veo los mismos síntomas. En las izquierdas y derechas tradicionales se percibe ese elemento común que supone el estar atrapado en el Tiempo. Y en las izquierdas y derechas más modernas solo se ofrecen algunas soluciones y otros tantos problemas para situaciones de corte social y no político o económico. Es por esto que a partir de este punto y explicado esto no hablaré de izquierdas ni de derechas en lo relativo a la justificación del apoliticismo. En su lugar se emplearán los términos tradicional y moderno, que se corresponden mucho más con la realidad política del Siglo XXI.

Se debe resaltar que este desencanto no es algo exclusivo mío. Aparece en muchas personas que, estando convencidas de una u otra ideología, se dan cuenta de los errores y fallos de las mismas o de la incompetencia de estas al alcanzar una posición de poder. Imagínense la decepción al apoyar una corriente política y ver que cuando llega al poder su aplicación y metodología resulta ser algo ineficiente y con muchas diferencias y fallos respecto a lo que proponía en un principio; las sensaciones que esto les dejarían serían un profundo desencanto y mucha desilusión de cara al futuro, por lo que la posibilidad de renuncia a este pensamiento político irían en aumento. Llegado al punto de la renuncia uno tiene varias posibilidades. Las más comunes son pivotar y desplazarse políticamente hacia un pensamiento similar o moverse a uno completamente distinto. El problema de cambiar de posición ideológica es que adaptarse a una similar hará que se repita el ciclo anterior y moverse a una radicalmente distinta terminará por se mucho más complicado de asimilar debido a las enormes diferencias con lo anterior. Por tanto, en cualquiera de los dos casos es muy probable que el ciclo se repita y se termine de nuevo en un punto de desilusión. La última salida es simplemente no posicionarse. La neutralidad, la imparcialidad y la objetividad. Y es aquí donde entra el apoliticismo.

Habrá muchos que entiendan que el apoliticismo es no votar o votar en blanco. Vagamente puede decirse que esas son actividades apolíticas, pero considerar que no sirven para nada, indicando por pura lógica que si hacerlo si que tendría alguna utilidad es cuanto menos ridículo. Votar no sirve absolutamente para nada. La situación política es imperturbable en casi todo el mundo a estas alturas, pero no imperturbable para bien, sino para mal. El punto de inmovilismo descarado al que se ha llegado -sobre todo en el mundo desarrollado- no va a cambiar porque salga una u otra de las opciones que el sistema te propone precisamente porque es el mismo sistema político quien te las está proponiendo. Recordemos, en un pequeño paréntesis, que el modelo de Gobierno Representativo no es uno de carácter Democrático, ya que la participación directa en la política es nula aunque las escuelas y medios quieran probar lo contrario. Hay que reconocer que mirando para sí, el sistema político hace una labor muy reseñable, pues logra que esta estabilidad en general sea sólida y muy difícil de quebrar. Chapeau.

Precisamente por esto una de mis máximas cobra muchísimo sentido. La Política está muerta. Muy muerta. No como ciencia, claro, sino como procedimiento y método. Cualquiera que entienda la definición de política y su razón de ser comprenderá esto. Para que exista política debe haber un mínimo de cambio notable, y como es perfectamente sensible no lo hay. La contemporaneidad ha supuesto la Muerte de la Política. No es una opinión, es un hecho. El estado de parálisis en que se encuentran las sociedades actuales es evidente. El que no lo quiera ver, que no lo vea, pero eso no cambiará que la realidad siga estando en el mismo lugar, a la misma hora.

Así pues esta es la segunda justificación que ofrezco del Apoliticismo. Si la política está muerta, todo aquel que la siga será un cadáver. Y a mayor fervor, mayor podredumbre. ¿Para qué seguir algo que de ninguna manera funciona? Podría funcionar, pero no lo hace. Por ello, hasta que se reinvente o vuelva a sus orígenes remotos no merecerá a mi juicio mayor atención, porque no hará nada.

Otro punto a comentar es que el Apoliticismo, aunque contrario a la política, no se desvincula de ella. Es imposible hacerlo a menos que vivas en las montañas, al igual que es imposible desvincularse de la sociedad, a menos por supuesto que vivas en las montañas (Quizá debería irme a vivir a las montañas otra vez). La acciones de la política te salpicarán te gusten o no a diario en cada lugar y en cada rincón, por lo que por mucho que lo desees no podrás librarte de ella. La cuestión es que puedes dejar de vivir para o por ella para pasar a vivir con ella, a modo de compromiso forzoso del cual solo los Dioses (o las montañas, el desierto...) pueden librarte.

El tercer punto de justificación es el más visible. Ya he dicho que la política y su ejercicio no son prácticos, no promueven o producen cambios y no existen per se en nuestra era; pero la puntilla es que todos los que la ejercen o pretenden hacerlo son exactamente iguales. Inútiles, incompetentes o ineptos. Ese detalle, además de contribuir a las malas gestiones -de cualquier color- y perpetuar el sistema (con sus numerosos errores) y el pensamiento, supone la definición última de política en el presente como cosa inútil.

En lo que a críticas al apoliticismo se refiere las más comunes ya las he desmontado antes entre líneas. La cuestión de votar en blanco o no votar tiene la misma utilidad que hacerlo: Ninguna. Y ser apolítico no implica desvincularse de la política, cosa imposible, implica no vivir para o por ella sino vivir con ella. Desde los sectores de la izquierda se critica mucho y de manera muy mordaz al apoliticismo porque en cierto modo consideran a los apolíticos como efectivos que no pueden sumar a su convaleciente causa.

De eso último dadle las gracias a Bertolt Brecht, que llamaba a los apolíticos analfabetos políticos y sugería de una manera nada sutil que todos los problemas de la sociedad eran culpa de las personas apolíticas. Naturalmente Bertolt está equivocado como el 90% de la gente de su palo y obvia innumerables factores como el papel del sistema, la economía y las estructuras de la sociedad; pero él a lo suyo. Además, desde su punto de vista el apoliticismo nace de la incapacidad de los apolíticos de ver y entender la realidad. Esta afirmación quizá en su época sería minimamente defendible, pero en la actualidad es más bien todo lo contrario, el que es apolítico lo es ahora porque como yo, ve y entiende de manera mucho más clara que el resto los entresijos de la realidad sociopolítica que nos rodea. Este Bertolt escribía unas cosas de infarto eh...

Desde la derecha también se critica al apoliticismo, pero no lo hace con tanta crudeza e intensidad. Probablemente esto se porque sus causas y seguidores son menos volubles y están más asentados en su por supuesto obsoleto marco ideológico.

Es en las corrientes de pensamiento modernas sean izquierdosas o derechosas donde ser apolítico es considerado lo peor de lo peor. No les culpo por pensarlo, necesitan gente que se adhiera a sus patéticas causas porque andan escasos de personal a pesar de que quieran hacer ver lo contrario. Curiosamente es en el seno de lo moderno donde el apoliticismo ha aumentado ligeramente, pero no me repetiré, ya se ha explicado por qué.

Pese a todo hay dos tipos de apoliticismo, y uno de ellos si lo veo muy criticable. El que yo veo como bueno es el que a pesar de no implicarse en la política la conoce perfectamente y la sigue de cerca, porque así tendrá una posición fuerte y con un profundo conocimiento de su entorno y de la realidad. No se implica, pero sabe lo que hace y sobre todo lo que se hace a su alrededor, incluyendo quién, cómo, cuándo y por qué se hace.

El que para mi es malo, bastante malo, es el apoliticismo por inercia. A este se llega por pura vagancia, pereza o simplemente desgana. No se implica, pero tampoco conoce, por lo que está totalmente vacío y no tiene ningún sentido. Ser apolítico por inercia no es lo mismo que serlo por compromiso, resignación o conocimiento. En los tres últimos casos hay un motivo, una razón y una base; en el caso de serlo por inercia solo existe la vagancia. Esto es a todos los efectos algo reprobable y así lo considero yo.

A modo de conclusión creo que he justificado por qué soy apolítico de manera adecuada y con bastante contundencia. Y de la misma forma he defendido esta postura con solvencia. No trato de convencer a nadie con esto, sé que no lo conseguiría ni con las mejores razones del mundo. El objeto real de este artículo es exponer que aunque me encanta jugar al despiste y me parece una de las cosas más divertidas del mundo, hace ya mucho que no tengo orientación política alguna. ¿Qué os esperabais? ¿que me pelease como un niño pequeño por cuestiones políticas en las que mi opinión, voto o decisión no tienen ningún valor real? Por favor, como si no hubiera mejores cosas que hacer en la vida. Como por ejemplo cualquier otra que valga para algo.

He trascendido la política y alcanzado el nivel de los Dioses Inmortales en esto también, uno más de mis honores. Pero no por ello dejo de observar con detenimiento el hacer de los mortales y sus implicaciones. Recordad que siempre habrá un Dios escuchando ahí arriba.